[Conoceme]

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Capital Federal, Buenos Aires, Argentina
Mi nombre es M. Celeste Corral tengo 19 años, mi cumpleaños es el 21 de Julio. Me gusta la música mayormente tranquila, y que sus letras tengan sentido.Me gusta escribir demasiado, solo cuando estoy inspirada o siento demasiada felicidad o tristeza o algún sentimiento semejante. Soy una persona muy sociable, me gusta hablar con la gente, aunque muchas veces soy tímida pero a su vez extrovertida y cada día conocer gente nueva y que me conozcan. Odio la realidad actual, no creo en el sexo sin amor, no me gustan las drogas, no fumo, y no tomo alcohol; creo en los derechos de los animales, estoy totalmente en contra de la matanza, maltratos y sus variantes hacia estos. No me compadezco por el ser humano y no siento lastima por nadie. Soy una persona divertida, confiable, alegre muchas veces, y amistosa, me encanta pasarla bien y divertirme a toda costa, hacer lio o si es necesario correr por el medio de la calle (?). Soy muy liberal pero muy estructurada. Y nada eso. Disfruten

lunes, 21 de abril de 2008

¡ Es una simple enfermedad !


La química del amor es una expresión acertada. En la cascada de reacciones emocionales hay electricidad (descargas neuronales) y hay química (hormonas y otras sustancias que participan). Ellas son las que hacen que una pasión amorosa descontrole nuestra vida y ellas son las que explican buena parte de los signos del enamoramiento.

Cuando encontramos a la persona deseada se dispara la señal de alarma, nuestro organismo entra entonces en ebullición. A través del sistema nervioso el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores que comunican entre sí a las células nerviosas).

Sus efectos se hacen notar al instante:


El corazón late más deprisa (130 pulsaciones por minuto).

La presión arterial sistólica (lo que conocemos como máxima) sube.

Se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular.
Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea.

Los síntomas del enamoramiento que muchas personas hemos percibido alguna vez, si hemos sido afortunados, son el resultado de complejas reacciones químicas del organismo que nos hacen a todos sentir aproximadamente lo mismo, aunque a nuestro amor lo sintamos como único en el mundo. No hay duda: el amor es una enfermedad. Tiene su propio rosario de pensamientos obsesivos y su propio ámbito de acción. Si en la cirrosis es el hígado, los padecimientos y goces del amor se esconden, irónicamente, en esa ingente telaraña de nudos y filamentos que llamamos sistema nervioso autónomo. En ese sistema, todo es impulso y oleaje químico. Aquí se asientan el miedo, el orgullo, los celos, el ardor y, por supuesto, el enamoramiento. A través de nervios microscópicos, los impulsos se transmiten a todos los capilares, folículos pilosos y glándulas sudoríparas del cuerpo. El suave músculo intestinal, las glándulas lacrimales, la vejiga y los genitales, el organismo entero está sometido al bombardeo que parte de este arco vibrante de nudos y cuerdas. Las órdenes se suceden a velocidades de vértigo: ¡constricción!, ¡dilatación!, ¡secreción!, ¡erección! Todo es urgente, efervescente, impelente... Aquí no manda el intelecto ni la fuerza de voluntad. Es el reino del siento-luego-existo, de la carne, las atracciones y repulsiones primarias..., el territorio donde la razón es una intrusa.